¿Qué Significa Meditar? Reflexiones y Experiencias Personales

¿Qué es meditar? 

Como es mi deseo dar una respuesta, lo haré de la forma más honesta que tengo, algo que me carecteriza y que no en muchas ocasiones me he regalado una buena acogida. Por lo demás no es mi intensión entablar una polémica, lo que podría suceder con muchos expertos en la materia si llegaran a leer esto. Meditar es una cuestíon complicada de explicar.

Solo quiero poder llegar a reflejar mi experiencia.

Dicho esto, me aventuro.

No sé si tengo respuesta a la pregunta, desde el punto de vista de una respuesta objetiva, clara y como regla.

Comencé a meditar hace años. A mi razón de por qué hacerlo, hoy le asigno el nombre de cojín “Ibuprofeno”.

La meditación llegó para rescatarme de las molestias y dolores de una condición física, y a sugerencia de mi compañera de viaje. “Medita, te ayudará”.

¿Qué, medito en mi dolor, en que no existe, que no lo siento? Millones de preguntas y sin respuesta, entonces se me hacía difícil llegar al zafu, que al comienzo fue una banqueta Seiza, luego llegaría el cojín.

El primer período no sobrepasaba de los 3 a 5 minutos, no sé cuanto tiempo fue así. Dolores por todos sitios, la espalda, las rodillas, los tobillos, etc., sumados a los que ya tenía. Pude llegar a reconocer partes de mi cuerpo que ignoraba.

De mi cabeza, ni hablar, saltando de un lado a otro, era una locura.

Por carácter suelo ser insistinte, puedes llamarme obsesivo, inicié una ronda de busqueda en lectura. Comencé con Alan Watts, luego llego Osho, cayó en mis manos Mente Zen, mente de principiante de Shunryu Suzuki, luego Enseñanzas Zen de Bodhidharma. Al mismo tiempo pude ir haciendo práctica de más tiempo sentado y con más tiempo, descubrir que el efecto “Ibuprofeno” daba resultado, incluso, llegando a ser más efectivo.

Tres de la mañana, un salto y despierto, todo oscuro y la espalda con deseos de sacarme de sobre el colchón y lo logra. Comenzaba el paseo del living al comedor, arriba, abajo, de ida y regreso, hasta que comencé a dirigir mis pasos hacia el zafu.

Dejar la mente en blanco y que los pensamientos sean como las nubes blancas y que el viento se los lleve, no es tan así, pero fui descubriendo cómo no poner atención al cuerpo. Resultó ser menos complicado que mi cerebro.

Cuatro y media de la madrugada. Los dolores habían desaparecido y podía regresar junto a mi amiga en este viaje. Retomar el sueño y redespertar igual de agotado como me acosté la noche anterior.

Un nuevo día, muchos de ellos con despertar cansado.

La meditación que en mí nació como un analgésico, con los años se ha ido convirtiendo en mi forma de vivir y de mirar la vida. Hoy mi día comienza tras calentar el agua para el té, servirlo y con la taza en la mano enfrentar la puerta de la habitación destinada a la meditación. Sacarme los zapatos y dejarlos ordenados junto al acceso. Dentro, cerrar la puerta y vestir mi abrigo de uníon con mi práctica. Zafu y zafutón están ahí silenciosos.

A medida que he ido dominando el cuerpo, he ido dando pasos para aquietar el cerebro, hasta lograr cierta contención y estar en el silencio mental frente a las ideas.

Tanto cuerpo como mente, podría decir de mala manera, están a control. Me siento, consigo el acomodo y, por los siguiente minutos olvido. Luego siento la respiración profunda que comienza por calmar, hasta que hace mudismo el aire camino a los pulmones, al igual que cuando los deja. En la mente, las ideas van camino a la quitud.

¡Estoy meditando! Bueno, eso creo.

Como se lo oí decir a una señora en el Documental del Despertar en Wake up, “…estás frente a la playa, has cumplido el primer paso, fácil. Luego cruzas la arena, segundo paso, un poquito menos fácil. Ahora enfrentas el tercer paso, el más difícil, entrar en el mar.”

Exclamé, ¡Eureka, medito!

Estoy de pie frente al océano y no he entrado en él.

Como bañista cuando enfrentas el mar te preguntas, ¿estoy en condición? ¿Nado bien?, que son como las preguntas, ¿Quíen soy? ¿Qué hago? ¿A dónde voy? Nunca hay respuesta hasta que comienzas a nadar.

Desde muy niño ésas y otras cuestiones asaltaron mi cabeza, como la idea de la muerte y lo más apropiado fue preguntarle a mi padre. Descubrí un ser humano sin respuestas, y la única fue, que era muy pequeño para ese tipo de preguntas. Y hablo de un hombre educado, tanto familiar como formal y buen lector.

Las respuestas o tranquilizantes conversaciones al respecto, las tuve con una gran mujer, mi abuela materna. Abrieron un caminito que fue mi salvación para seguir adelante y así nuevas palabras de ella guiaron y ablandaron mi espíritu hasta mi época de adulto.

Cuando llegó el colegio, llegaron problemas y muchos problemas así como castigos. En casa más problemas y más castigos. Mi espíritu rebelde reguntaba, quería justicia y no se dejaba amansar en los “porque sí”, tenía sed de saber. Cuando un niño pone en la encrucijada a un adulto, a un educador sin respuesta, lo mejor que obtienes es un golpe. Entonces la vía más simple es que pasé a ocupar el sillón del niño problema, y eso puso restricción en todo, hasta los permisos para ir al baño ante una emergencia o comerse la comida de forma obligada; hoy estaría a salvo gracias al descubrienmiento de alergias como la de la lactosa. Pero si estoy aquí, es que sobreviví, cuando puede, el fregadero o mi hermana menos tuvieron su extra ración de leche.

El punto es que todo eso fue dejando una huella oculta en mi ser, o en el ser que la sociedad, la familia, el ambiente que nos rodea va modelando y por la mayor parte de mi vida no lo he sabido, solo he tenido el calificativo de un “espíritu” problemático, discutidor, peleador y buscador de líos. Yo le llamaba justicia, que me ha perseguido hasta de adulto, al punto de hacerme trabajador independiente por no poder estar bajo la guía de otro.

Estoy de pie frente al mar.

¿Por qué no entro?

Hoy hablando con mi hermana menor le dije: Cuando la carga es ligera, el caballo la lleva, pero cuando la carga es muy pesada, ni el “burro” puede con ella.

Quiero decir, que creo haber descubierto el por qué no puedo entrar en el mar. Mucha carga en mi corazón, en mi ira, en el hombre formado que se siente culpable de no haber podido defender mejor al niño. Pero yo solo era un niño.

Me senté a meditar así, todos los días sobre el cojín, con preguntas para indagar en lo profundo de mi ser.

Primera respuesta, no puedo hacer nada por el pasado, se marchó y con él, el niño. ¿Qué quedó? Todo, el tiempo feliz que fui yo, libre, y para hoy perdonar, como tambien la lección de poder estar tranquilo al no haber repetido lo que yo obtuve.

Un paso dentro del mar, solo mojándome los pies.

¿Qué es meditar?

No lo sé. 

Creo que es un trabajo complicado, hay que adiestrar al cuerpo (recuerda, Ibuprofeno) Aquietar la mente y eso implica deshacerte del yo, el ego, la arrogancia, mirarte sin excusas y perdonarte, en mi caso por unas reacciones obligado. Reconocer también que eres un “producto social”, que la verdad de ti está dentro y solo Él lo sabe y tú comienzas a distinguirla al encontrarte de pie frente al océano y si solo tienes la intención de entrar en él.

Si decides entrar, será un baño sin traje de baño.

He contado solo por el deseo de compartir la meditación y lo bueno que sería para todos abrazarla. No lo hago con un fin personal, sino para llegar, de ser posible, a estar todos en nosotros.

Una piedra, un árbol, una montaña, un animal, es nosotros, la diferencia es que nosotros, como humanos, podemos decidir.

Estarás bien donde estés.